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Por: Arturo Luna Rodríguez/ Traducción inglés: Marcia Concepción García Ramos
Fotos: Cortesía Secretaría de Turismo.

Una función importante de las leyendas es crear un turismo con un atractivo especial por conocer los lugares físicos: haciendas, casas, calles, etcétera que tienen una antigüedad de siglos. Las leyendas existen a lo largo y ancho de nuestro país.

En particular, el estado de Querétaro posee un enorme acervo histórico, cultural y de leyendas vivas. Una de esas apasionadas leyendas es la de una bandolera que intimidó a la ciudad de Querétaro y sus alrededores. El nombre de La Carambada – apodo por el que se conoce a Leonarda Emilia, una bellísima y voluptuosa mujer originaria del pueblo de indios La Punta, en los alrededores de la ciudad de Querétaro- es conocido por la apasionada leyenda de amor que fraguó desde tiempos de la Reforma.

La historia cuenta que, tras la rendición del último bastión imperialista en Querétaro, su amado fue hecho prisionero por ser soldado de la causa del emperador Fernando Maximiliano de Habsburgo. Terriblemente atormentada por la suerte de su compañero sentimental, La Carambada buscó por todos lados los medios que lo indultaran. Dicen que se entrevistó con el coronel don Benito Santos Zenea, quien sería gobernador del estado. Dicen que también se entrevistó en San Luis Potosí con don Benito Juárez, el mismísimo presidente. Ambos le negaron el indulto a su novio. Zenea incluso dictó la ley fuga contra su amado.

Ante la negativa de ambos, juró venganza. Cambió su nombre por el de Leonarda Medina; se volvió bandolera. Para cometer sus ilícitos y fechorías, se asoció con dos bandidos de la época de temible renombre: Macedonio “Cucho” Montes, a quien se le llamaba así por la deformidad de sus labios, y el Compadre Atilano. Junto a ellos, aterrorizó la comarca, aguardando el día de la venganza. Hizo fama por su diestro manejo de la pistola, del machete y, sobre todo, por su extraordinaria habilidad para cabalgar. En tiempos en que las mujeres acompañaban a sus hombres a un lado del caballo, ver a una mujer galopando era un acontecimiento mayor.

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Pasando un periodo en sus temibles correrías, llegó el tiempo de cobrar la venganza que había jurado contra aquellos que le arrebataron de su lado a su novio. Les llegó su hora a Juárez y a Zenea. Para entonces, la Carambada había escuchado ya sobre la veintiunilla, la hierba que a los veintiún días mata a quien la haya ingerido, y había conseguido que, en Nopala, una vieja le preparara una pócima con ésta.

Se dice que fue Lerdo de Tejada quien la invitó a una cena en su casa con el presidente Juárez. A pesar de su lúcida memoria, el mandatario no la reconoció. Se sentó al lado de ella, quien virtió el letal veneno en su copa, con una maravillosa estratagema que esquivó la infatigable atención de comensales y sirvientes con el presidente. Veintiún días después de ese encuentro, Juárez moriría por una angina de pecho. Del mismo padecimiento moriría Zenea, también supuestamente veintiún días después de haberse encontrado con La Carambada, Leonarda Emilia, la atractiva mujer y bandolera que juró venganza por su amado.

Hay un punto en que la leyenda y la historia se funden, se confunden. En ese momento el apego a la verdad histórica deja de importar y la leyenda se convierte en el mejor pretexto para recorrer las calles por donde pasaron nuestros antepasados imaginando, casi oyendo, el eco de sus voces y de sus pisadas.

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